Com ens marca el que ens diuen de petits? Els perills d’etiquetar els fills
Laura Gutman explica com els papers assumits durant la infància condicionen la vida adulta, la criança i com ens veiem
Les paraules que sentim durant la infància —fins i tot les aparentment positives— poden acabar convertint-se en una identitat. Per sentir-nos estimats, podem assumir el paper de la bona nena, el responsable, el tímid o el difícil, i continuar representant-lo durant tota la vida.
En parlem amb Laura Gutman, escriptora, terapeuta, creadora de la metodologia de la Biografia Humana i autora d’El poder del discurso materno. També sentirem el psicòleg Joan Garriga i els testimonis de la Rosa, l’Eva, la Berta i el David. Acabarem amb “Camí a la inclusió”, amb la Noemí Font, i “Els llibres per somiar”, amb el Jaume Centelles.
Com les etiquetes familiars poden condicionar tota una vida
Les etiquetes no sempre descriuen l’infant
Dir que una criatura és tímida, difícil, responsable o molt xerraire pot expressar més la mirada, les pors o les expectatives dels adults que no pas com és realment. També les etiquetes positives poden limitar-la i convertir-se en un pes.
El personatge és un refugi que es pot convertir en una gàbia
Per conservar el vincle i sentir-se estimada, la criatura pot adaptar-se al paper que li han assignat. Aquest personatge l’ajuda a sobreviure durant la infància, però pot acabar condicionant les seves relacions, decisions i manera de viure quan és adulta.
Les paraules repetides durant la infància poden acabar formant part de la nostra identitat (canva)
Les nostres ferides influeixen en la manera de criar
No sempre mirem els fills tal com són: també els observem a través de la nostra història, les pors i les mancances emocionals. Prendre consciència de les etiquetes que vam rebre ens permet mirar-los amb més llibertat i preguntar-nos què necessiten realment.
No es tracta de culpa, sinó de responsabilitat
Conèixer la nostra ombra —tot allò que vam haver d’amagar per ser estimats— no esborra les ferides ni elimina automàticament els patrons apresos. Però ens ajuda a comprendre’ls, buscar suport i entrenar una manera nova de relacionar-nos per evitar transmetre’ls als fills.
Prendre consciència dels papers que vam assumir durant la infància ens permet criar amb més llibertat (canva)
🎙️ Diumenge 01 de novembre, a "L'ofici d'educar" i 📚 al 3catinfo
versió en castellà
“Es tímido”, “es difícil”, “es el responsable”: cómo las etiquetas familiares pueden condicionar toda una vida
Laura Gutman analiza cómo los papeles asumidos durante la infancia marcan la vida adulta y la crianza, y cómo dejar de vivir atrapados en ellos
Las etiquetas que los niños reciben de sus padres —incluso las aparentemente positivas— no siempre describen a la criatura, sino que pueden expresar las expectativas, los miedos o las necesidades de los adultos.
Según la terapeuta Laura Gutman, para sentirse querido, el niño puede acabar adaptándose a ellas y construyendo un personaje que le permite sobrevivir: un refugio, una identidad, que también puede convertirse en una prisión.
¿Cómo nos determina el discurso materno? ¿Qué es la sombra y qué riesgo existe de proyectarla sobre nuestros hijos? ¿Y cómo podemos liberarnos de ese personaje?
Las etiquetas no siempre describen al niño
«No serás capaz.» «Siempre estás en tu mundo.» «Eres muy habladora.» Son algunas de las frases que Rosa, David y Eva escucharon repetidamente durante la infancia. Palabras que pueden parecer inofensivas, pero que influyen en cómo un niño se percibe a sí mismo y en el lugar que acaba ocupando dentro de la familia.
El psicólogo Joan Garriga explica que a menudo se adjudica una identidad diferente a cada hijo: el inteligente, el simpático, el responsable o el desastre. Etiquetas que el niño incorpora sin suficiente conciencia para cuestionarlas y que pueden acabar formando parte de su «código identitario».
Para la terapeuta Laura Gutman, estas etiquetas no describen necesariamente al niño, sino la mirada, los prejuicios o las necesidades de los adultos:
«Las etiquetas no son el niño, sino opiniones de la madre o del padre sobre ese niño.»
También las aparentemente positivas pueden limitar. Una oyente explica que siempre fue «la niña buena»: responsable, buena estudiante e incapaz de salirse de la norma. Con los años comprendió que aquel reconocimiento también había supuesto un peso que no siempre le había permitido hacer o decir lo que realmente quería.
El personaje que construimos para ser queridos
Las palabras no son lo único que condiciona a un niño. También lo hacen los valores, las expectativas y los mensajes invisibles de la familia. «Tienes que ser responsable», «tienes que salvarnos» o «no puedes dar problemas» son roles que pueden adjudicarse sin llegar a pronunciarlos, advierte Garriga.
Gutman, una de las pioneras en poner palabras a las vivencias reales, complejas y a menudo silenciadas de la maternidad, llama discurso materno al relato explícito o implícito que el niño recibe sobre quién es, qué se espera de él y cómo funciona el mundo. A pesar del nombre, no siempre procede de la madre: puede venir del padre, de los abuelos o de cualquier otra figura con poder emocional.
El «no llores» repetido por un padre, por ejemplo, puede convertirse en un mandato interiorizado y dificultar la expresión emocional durante la edad adulta. Según Gutman, tampoco ayuda preguntar a la madre cómo éramos de pequeños, porque su mirada no puede ser objetiva: es precisamente la que ya hemos incorporado.
No se trata, por tanto, de culpabilizar ni de interrogar a la madre o al padre reales, sino de reconocer las representaciones que hemos interiorizado y desde las cuales interpretamos el mundo.
Para adaptarse, conservar el vínculo y sentirse querido, el niño construye un personaje. En la familia de Laura Gutman, por ejemplo, imperaba la idea de que solo tenía valor aquello que exigía esfuerzo y sacrificio, una creencia que todavía condiciona su relación con el descanso y el placer.
Los roles que nos asignan durante la infancia —y que acabamos asumiendo para sentirnos queridos— pueden condicionar toda una vida. Gutman pone dos ejemplos extremos: vivir como el salvador o como el lobo. El personaje nace, por tanto, como una estrategia de supervivencia:
«Es un refugio, pero también una jaula cuando somos adultos y creemos que esa es la única manera de vivir.»
Cuando nuestras heridas condicionan la crianza
Las etiquetas que recibimos también pueden condicionar la manera en que miramos a nuestros hijos. Berta reconoce que a menudo los definimos delante de los demás: «Es muy tímido», «este es el deportista» o «el otro es más artista». Comentarios cotidianos que pueden fijar una identidad y limitar la posibilidad de que el niño se muestre de otras maneras.
Gutman considera que no siempre vemos a nuestros hijos tal como son, sino a través de nuestras propias «gafas»: la historia vivida, los miedos y los personajes que arrastramos:
«No conocemos suficientemente a nuestros hijos porque ni siquiera nos conocemos suficientemente a nosotros mismos.»
Cuando decimos que un niño es difícil, perezoso o demasiado demandante, quizá estamos expresando nuestra dificultad para responder a lo que necesita.
Si hemos crecido poco protegidos o con hambre emocional, podemos llegar a competir con nuestros hijos por «un trozo de mirada». Salir de nuestras propias etiquetas nos permite observarlos con mayor libertad y preguntarnos qué necesitan y cómo podemos acompañarlos.
La sombra es todo aquello que tuvimos que esconder
Para sostener el personaje, dejamos fuera todo aquello que no podía ser visto, aceptado o expresado dentro de la familia. Gutman llama sombra a las emociones, necesidades y capacidades que aprendimos a ocultar para conservar el vínculo: la niña buena puede relegar a la sombra la rebeldía; la responsable, la necesidad de ser cuidada; la fuerte, la fragilidad; y la autónoma, la necesidad de pedir ayuda.
Estos aspectos no desaparecen y pueden seguir influyendo en nuestras relaciones y reacciones automáticas. Para descubrirlos, Gutman propone la Biografía Humana, una metodología de indagación sobre la infancia.
Explica que los profesionales que la aplican trabajan «como detectives»: ordenan la información, observan los vacíos y descartan los relatos con los que podemos habernos autoengañado, hasta construir una descripción más completa de lo que vivimos.
Poner palabras a lo que había quedado silenciado no cura automáticamente la herida, pero puede hacer aflorar recuerdos y ayudarnos a comprender por qué construimos un personaje determinado:
«Buscar la sombra siempre es doloroso, pero seguir ciegos lo es todavía más.»
De la culpa a la responsabilidad
Una de las críticas que recibe Gutman es que su discurso puede hacer recaer sobre las madres toda la responsabilidad por el bienestar emocional y el futuro de sus hijos. Ella admite que muchas mujeres se han sentido culpabilizadas al leerla, pero insiste en que la cuestión no es juzgar lo que hicieron en el pasado, sino revisar, desde el presente, qué recursos tienen, cuáles les faltan y qué ayuda pueden pedir.
La responsabilidad, añade, se organiza en círculos: la madre o persona cuidadora sostiene al niño, pero la pareja, la familia, los amigos y la comunidad deben sostener a quien cuida. Reconocer que no llegamos a todo también nos permite pedir ayuda antes de alcanzar el límite.
Tomar conciencia, sin embargo, no elimina los automatismos. Podemos habernos prometido que nunca gritaríamos a nuestros hijos y descubrir que, cuando estamos cansados o desbordados, repetimos aquello que vivimos:
«Después de tomar conciencia, hay todo un trabajo de ir entrenando una modalidad nueva.»
Aquello que nos dijeron —y también aquello que no pudo decirse— puede convertirse en un papel que representamos durante toda la vida. Comprender nuestra historia no borra las heridas, pero puede evitar que sigamos transmitiéndolas a nuestros hijos.
Laura Gutman es autora de libros como La maternidad y el encuentro con la propia sombra y El poder del discurso materno.
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